Las enfermedades encierran un secreto

“Cuando me encuentro con usted no me encuentro con su cuerpo o su alma, me encuentro con usted que es único. ¡No hay otro usted! Sin embargo, la medicina habitual, la que se enseña en la Facultad de Medicina, separa por completo el cuerpo de la mente”, explica el doctor Ricardo Grus, médico, psicoanalista y autor del libro Historias del corazón , una serie de narraciones basadas en casos que trató como terapeuta.
FUENTE: lanacion
Grus se graduó de médico en la Universidad de Buenos Aires y se especializó en psicoanálisis en el Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática y en la Asociación Psicoanalítica Argentina, donde desempeña funciones didácticas. Además, es full member de la International Psychoanalytic Association y fundador de la International Association of Neuro-psychoanalysis. Por otra parte, es uno de los mayores estudiosos del pensamiento de Sigmund Freud que tiene el país.
“La historia viene de lejos, alrededor del año 1600 el filósofo y matemático René Descartes dijo que una cosa es el pensamiento y otra la materia, es decir que estaban absolutamente separados. Pero casi para la misma época, otro filósofo, el holandés Baruch Spinoza, sostenía que eran una misma cosa mente y cuerpo, y que todo dependía desde donde se la mirase. Porque es un mismo paciente el que mira un psicoanalista y el que observa el urólogo. De lo contrario, parece que siempre estamos tratando a medio paciente. La enfermedad puede ser vista de un lado y de otro”, apunta.
-¿Qué le propone al paciente para que pueda curarse?
-Desde que comencé mi formación médica tuve la sensación de que las enfermedades encierran un secreto. Ya en 1895, Sigmund Freud decía que los síntomas orgánicos son como jeroglíficos que necesitan ser interpretados. Que detrás de lo manifiesto se oculta lo inconsciente. Así comprendí que nada hay, que nada sucede que carezca de significado. Que cada enfermedad es una historia y la curación puede surgir del diálogo entre el paciente y el médico. Indudablemente, la tecnología es muy importante, quién puede negarlo, pero no alcanza. En ese diálogo la actitud del médico también es muy importante, porque de esa actitud depende en buena parte el éxito del tratamiento.
-¿Cómo debería ser esa actitud?
-El paciente tiene que sentir que el terapeuta está comprometido, que auténticamente lo escucha con atención, que quiere su bien. Y cuando este sentimiento impera en el diálogo, el efecto es maravilloso, la comunicación es fluida y el paciente lleva al médico a conocer los detalles más íntimos de su vida. Hay casos de curaciones increíbles. Si uno no sabe qué sucede en la vida del paciente, mal puede entender lo que pasa en su espíritu, el porqué de sus sufrimientos afectivos. Los sufrimientos son los efectos de sentimientos insatisfechos o que se frustran, que no pueden descargarse adecuadamente, o de una persona que tiene una restricción que no le permite expresarse. Sin embargo hay que reconocer que un diálogo profundo entre el médico y el paciente es poco menos que inviable en el momento actual.
-¿Por qué?
-En la medicina de las obras sociales, un médico tiene a lo sumo 15 minutos para cada paciente, y el plazo tiende a hacerse más corto. Así es imposible llegar a conocer lo que sucede en la vida de esa persona.
-¿Qué debe evitar el médico?
-Algo importante es no estigmatizar al paciente. Es decir, tratarlo como si fuera un pecador, pensar que algo habrá hecho para estar enfermo. Mientras fumar, comer en exceso, trasnochar, etcétera, sean entendidos como pecados es imposible comprender al paciente. Cuando uno está dedicado a la búsqueda del significado del trastorno orgánico tiene que comprender que en el inconsciente las cosas no se plantean en términos negativos o positivos, no existe el no en el inconsciente. En los relatos de Historias del corazón no hay nada que se pueda considerar una crítica o la señalización de un pecado. Son crónicas fenoménicas plenas de sentido de lo que es la vida de una persona. Hay que comprender que vale más la calidad de vida que la cantidad de vida. Tratemos de comprender al ser humano en lo que es. Ese refrán que dice que el olmo no da peras encierra una profunda sabiduría.
-¿Cómo llegó a hacerse psicoanalista?
-Es una buena historia. Yo era estudiante y estaba en la guardia de Neurocirugía de un hospital, porque creía que la cuestión venía por ese lado. Pero me fui dando cuenta de que en la guardia se atendían a más enfermos neuróticos que a neuroquirúrgicos. Entonces me pasé a Psiquiatría, pero tampoco me convencía. El médico trataba a todos los pacientes de la misma manera, les recetaba tres sellos: un ansiolítico para calmar su ansiedad, un hipnótico para que pudiera dormir y, por último, un antidepresivo para que lo levantase cuando estuviera muy caído. Un día me animé y le dije: “Pero doctor, a todo el mundo le receta lo mismo”. Me miró y con una sonrisa me respondió: “Vos no servís para esto, andá a estudiar psicoanálisis”. Y así fue, comencé a estudiar psicoanálisis cuando todavía no me había recibido de médico.
-¿Algo que le guste recordar?
-Una cosa que creo haber logrado con los años es hablar de cosas muy serias en términos amistosos. Creo que el análisis es bastante difícil de por sí como para hacerlo más difícil poniéndole cara de ogro al paciente.
Luis Aubele
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